La música clásica
La música clásica, como tal, no es música clásica. Engloba desde música renacentista hasta los impresionistas franceses; desde el barroco hasta el conceptualismo de John Cage. Es amplísima, abarcando varios siglos y numerosos compositores. Sin embargo, se le considera como un conjunto en nuestra sociedad. En las tiendas de discos no extraña que tenga una única sección. Los conciertos no suelen publicitarse por la calle (salvo en París y otras ciudades con gusto). La música popular tiene más presencia: es más atractiva.
La música clásica también se caracteriza por otro rasgo. Se trata de la calidad. Un concepto extraño pues puede darse en distintas formas de expresión. ¿Quién no dice que sean de calidad canciones de cantautores conocidos o música de grupos más comerciales? Las comparaciones son odiosas…
Ahora bien, esa calidad existe, la hace diferente y de ahí que se desenvuelva, desarrolle y tenga una repercusión en unos circuitos reducidos. Relacionemos esto con la teoría del comercio por nichos vinculada al Long Tail y ¡voilà! podremos estar viendo el futuro del cine.
El ciclo de la calidad: el cine como ópera
¿Cómo considerar el cine como ópera? Muy sencillo. Todo se basa en el sentido clásico del cine: productos audiovisuales concebidos específicamente para su consumo en salas. Sabiendo entonces que dicha ventana no es suficiente para la supervivencia de la industria y, además, de que el número de ellas se reduce cada día más (con ejemplos desgraciadamente conocidos), confirmaríamos la tendencia a la desaparición del cine clásico. Del cine en salas se pasaría al cine ¿online? ¿televisado?
Existe hay otra cuestión: ¿se podrá conformar el ser humano solamente con pantallas pequeñas en el futuro? Me niego a pensar que sí. Creo que el cine es una experiencia muy gratificante y llena de vida. Una misma película exhibida en cine nada tiene que ver con su emisión por televisión y aún más con su visionado en un móvil en el vagón del metro. Siempre existirá esa necesidad de ir al cine a ver. Sólo es necesario que un espectador experimente estar en una sala de cine para compartir esa carencia. A día de hoy, esto sucede aunque sea gracias a los blockbusters: los niños y jóvenes aprenden así la cultura del cine.
Vista esa necesidad, los cines se impondrán como óperas audiovisuales donde se celebrarían proyecciones específicas o váyase a saber cómo. Porque seguramente, cuando aparezca la distribución digital (ya sea vía satélite o Internet), habrá otra adaptación y forma de uso. No obstante, la tendencia multicine en las afueras está provocando que dentro de las grandes ciudades sólo perduren grandes cines con pocas salas. ¿Cómo se comportarán entonces cuando la tendencia del uso (película cuando quiero y donde quiero) reduzca aún más el número de espectadores físicos?
El cine se consolidaría así como el producto audiovisual de calidad. Esto no quiere decir que se traten de películas autor o de corte “literario” únicamente. La complejidad productiva del cine así como su coste así lo hará. Pues como la ópera, se convertirá en un producto con una relación coste/consumidor que le impedirá darse al por mayor.
Así, de ser el padre de la comunicación de masas pasará al papel del primo lejano e incomprendido. ¿O quién sabe?
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La gente dijo…