En cuarto de Comunicación Audiovisual se da una asignatura titulada Producción Audiovisual. A esa altura de licenciatura, es extraño ver cómo estudiantiles manos se levantan en busca de respuesta ante un tema que les suena extraño cuando no debería. Dejan por un momento la timidez. Lanzan su cuestión:
“¿Cómo que la posproducción audiovisual es la comercialización de un film y no los acabados finales de la película?”
Según los profesores, la posproducción engloba todo aquello que se realiza tras la obtención -producción- del film. Es decir, lo que conlleva la búsqueda de distribuidora, el tiraje de copias y su comercialización: la difusión.
En cierta manera, tiene su sentido conceptual: se produce un producto y las fases anterior y posterior del mismo serán “pre” y “post”-producción de ese material. Y dicha posproducción es la fase siguiente a ese fin de acabados, lo que coincide con la comercialización. En resumen, una nadería. Porque en el mundo profesional se produce una contradicción por uso del sentido empleado ¿A qué llamamos realmente postproducción? Exactamente: a los procesos de acabado. Lo que no coincide con la comercialización…
Esta anécdota, a modo de de punta de iceberg, desvela ese problema de fondo que arrastra la industria cinematográfica patria y la universidad (sí, dos pájaros de un tiro). Y es la profunda división entre el mundo teórico y el práctico. Entre la hipocresía de formar profesionales pero no prepararlos. Entre querer y poder ser industria y cultura. En definitiva, la diferencia entre la realidad y la apariencia.
Así, la teoría suele quedarse en la imposición del esquema mental de uno u otro profesor, sin dejar hueco a opiniones contrarias ni a críticas constructivas. El audiovisual en la universidad, aparte de la necesidad de ofrecer más clases prácticas, se queda en los mismos temas, poca profundización y escasa interacción con las empresas. Las becas terminan convirtiéndose en la única vía de conocimiento real del medio, de empleo barato para las empresas y no de puente entre la docencia y el mercado laboral.
Las propias empresas reclaman un mejor diálogo entre universidad-empresa. Y los gobiernos como solución aplican Bolonia. ¿Dónde se debate para buscar un mejor sistema basado en el equilibrio?
Pero no sería justo si no defendiese a otras clases y profesores. Me han enseñado mucho tanto personal como académicamente. Aunque no quita esa impresión generalizada de que algo falla, algo que lastra a la larga un desarrollo sano para el audiovisual. Rescaté esa anécdota porque siempre me hizo gracia y se cumplió lo que pensaba: no me aportó nada. Su concepto no era lo que luego vi.
Archivado bajo:General , educación, producción, trabajo, universidad
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La gente dijo…